Perro anestesiado y monitorizado durante una sesión experimental de estimulación magnética transcraneal para tratar la ansiedad.
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¿Estimular el cerebro para reducir el miedo? El experimento con perros que abre una puerta inesperada.

Un ensayo realizado con perros diagnosticados con ansiedad ha obtenido mejoras en el miedo social y no social después de aplicar pulsos magnéticos sobre una región concreta del cerebro. El 56 % fue clasificado como respondedor, pero el tratamiento continúa siendo experimental y todavía quedan preguntas importantes sin responder.

La Voz canina. El periódico de perros más famoso de España.

Cuando un perro ladra, huye, tiembla, destruye objetos o reacciona con agresividad, todavía es frecuente escuchar que necesita más disciplina. Sin embargo, la neurociencia está mostrando una realidad bastante más compleja: algunos comportamientos problemáticos están relacionados con diferencias medibles en el funcionamiento y la organización del cerebro.

Un equipo de investigadores de la Universidad de Gante, en Bélgica, ha dado ahora un paso mucho más controvertido. En lugar de limitarse a observar el cerebro de perros con ansiedad, ha intentado modificar su actividad mediante estimulación magnética transcraneal repetitiva.

Los resultados no permiten hablar todavía de una cura. Pero sí plantean una posibilidad que hace pocos años habría parecido propia de la ciencia ficción: utilizar pulsos magnéticos para reducir determinados miedos en los perros.

Una bobina magnética colocada sobre el cráneo

La estimulación magnética transcraneal repetitiva, conocida como rTMS, es una técnica de neuromodulación que utiliza una bobina para producir pulsos magnéticos.

Estos campos atraviesan el cráneo e inducen pequeñas corrientes eléctricas en regiones concretas del cerebro. No requiere cirugía ni la implantación de electrodos, aunque en los perros estudiados fue necesario utilizar anestesia general para mantenerlos completamente inmóviles y aplicar el tratamiento con precisión.

La técnica ya se utiliza en medicina humana, especialmente en algunos pacientes con depresión resistente. Su aplicación en veterinaria, sin embargo, continúa encontrándose en una fase experimental.

El nuevo estudio publicado en The Veterinary Journal investigó sus posibles efectos sobre perros que ya habían sido diagnosticados con diferentes trastornos de ansiedad.

Veinte perros y dos sesiones de tratamiento

En el ensayo participaron 20 perros. Los investigadores dirigieron la estimulación hacia la corteza frontal izquierda, una región relacionada con la regulación emocional y que había mostrado alteraciones en investigaciones anteriores sobre ansiedad canina.

Los animales recibieron dos ciclos de estimulación magnética acelerada de alta frecuencia, separados por aproximadamente un mes.

Para evaluar los posibles cambios se utilizó el C-BARQ, un cuestionario científico ampliamente empleado para analizar comportamientos como el miedo, la agresividad, la excitabilidad o los problemas relacionados con la separación.

Además, los investigadores realizaron pruebas de neuroimagen SPECT para observar el flujo sanguíneo cerebral antes y después del tratamiento. Esto les permitió comparar lo que relataban las familias con posibles modificaciones biológicas en el cerebro.

El 56 % respondió al tratamiento

Después del segundo ciclo, los investigadores encontraron una reducción significativa de las puntuaciones de miedo social y miedo no social.

El 56 % de los perros evaluados fue considerado respondedor. Para entrar en esta categoría tenía que producirse una reducción de al menos el 20 % en las puntuaciones del C-BARQ.

Este dato resulta prometedor, pero necesita ser interpretado correctamente. No significa que el 56 % de los perros dejara de tener ansiedad ni que estuviera completamente recuperado. Significa que superó el criterio de mejoría establecido por los investigadores.

Las imágenes cerebrales también mostraron un aumento progresivo del flujo sanguíneo en la corteza frontal izquierda y en regiones subcorticales. Los cambios observados en el cerebelo, por el contrario, aparecieron principalmente en los perros que habían respondido mejor.

Ninguna de las características examinadas antes del tratamiento permitió predecir con seguridad qué perros responderían.

La ansiedad también deja señales en el cerebro

Esta investigación no aparece de forma aislada. Otros trabajos ya habían encontrado diferencias entre el cerebro de los perros con ansiedad y el de aquellos sin problemas conductuales diagnosticados.

Una investigación publicada en Scientific Reports utilizó imágenes por tensor de difusión para estudiar las conexiones de la sustancia blanca. Los autores observaron que los perros con ansiedad presentaban una organización cerebral menos eficiente y alteraciones en regiones como el hipocampo, el cerebelo, la corteza cingulada posterior, la ínsula y el mesencéfalo. Puede consultarse aquí el estudio sobre el cerebro de los perros con ansiedad.

Esto no significa que una resonancia pueda explicar por sí sola el comportamiento de cada perro. Tampoco demuestra si esas diferencias cerebrales son la causa de la ansiedad, una consecuencia de haber vivido durante mucho tiempo bajo estrés o una combinación de ambas.

Sí refuerza, en cambio, una idea fundamental: la ansiedad canina no es simplemente desobediencia.

No todos los perros reactivos tienen un trastorno de ansiedad

También es importante evitar una confusión habitual. Reactividad y ansiedad no son exactamente lo mismo.

Un perro puede reaccionar intensamente por miedo, frustración, excitación, dolor, aprendizaje, protección de recursos o por una combinación de varios factores. Por tanto, este tratamiento experimental no puede extrapolarse automáticamente a cualquier perro que ladre, tire de la correa o se abalance hacia otros animales.

La estimulación cerebral tampoco sustituye el análisis del entorno, la modificación de conducta, el aprendizaje, la gestión de las distancias o el tratamiento veterinario de posibles enfermedades.

Lo que plantea es una futura herramienta complementaria para determinados casos graves y correctamente diagnosticados, especialmente cuando las intervenciones convencionales no producen una mejoría suficiente.

El dato que obliga a ser prudentes

El estudio presenta una limitación importante: fue un ensayo abierto y no contó con un grupo que recibiera una estimulación simulada o placebo.

Las familias y los investigadores sabían que los perros estaban siendo tratados. Por ello, no puede descartarse que una parte de la mejoría observada se debiera a las expectativas de los responsables, a fluctuaciones naturales del comportamiento, a otros cambios introducidos durante el seguimiento o al propio paso del tiempo.

El número de participantes también fue reducido. Veinte perros resultan suficientes para detectar una señal interesante, pero no para afirmar que el tratamiento sea eficaz en la población canina general.

Además, aunque la técnica no requiere cirugía, sí exige anestesia general en su aplicación veterinaria actual. Esto añade riesgos, costes y dificultades que no existen de la misma manera cuando se utiliza en pacientes humanos conscientes.

Los propios trabajos anteriores del equipo muestran que la estimulación puede modificar temporalmente la actividad cerebral, pero que algunos cambios tienden a normalizarse con el paso de los meses. Un estudio previo con perros sanos publicado en Frontiers in Veterinary Science ya advertía de que los efectos dependían del protocolo y del momento en que se realizaban las mediciones.

¿Podría utilizarse algún día en las clínicas veterinarias?

Todavía es demasiado pronto para saberlo.

Antes sería necesario realizar ensayos más amplios, aleatorizados y con un grupo de estimulación simulada. También habría que conocer mejor la duración de la mejoría, los posibles efectos adversos, el número de sesiones necesarias y qué características permiten identificar a los perros con más probabilidades de responder.

Otro reto será determinar si los beneficios justifican someter al animal a anestesia general. Una intervención experimental no debe considerarse buena únicamente porque sea novedosa.

La pregunta correcta no es si podemos modificar el cerebro de un perro, sino si hacerlo mejora realmente su bienestar y ofrece más beneficios que riesgos.

Una idea incómoda para el mundo del adiestramiento

Este estudio pone sobre la mesa una cuestión que puede resultar incómoda: algunos perros no reaccionan de forma exagerada porque quieran imponerse, sean dominantes o estén mal educados.

Detrás de determinados comportamientos puede existir un cerebro que procesa la amenaza de una manera diferente.

Eso no elimina la influencia de la experiencia ni del aprendizaje. El cerebro cambia precisamente como consecuencia de aquello que el animal vive y aprende. Pero obliga a abandonar explicaciones demasiado simples.

Quizá en el futuro algunos trastornos del comportamiento canino necesiten una combinación de trabajo ambiental, modificación de conducta, medicación y neuromodulación. No para controlar mejor al perro, sino para reducir el sufrimiento que provoca su estado emocional.

La estimulación magnética cerebral todavía no es un tratamiento disponible para llevar mañana a un perro reactivo. Es una línea de investigación temprana, cara y con limitaciones importantes.

Pero también es una señal de hacia dónde podría dirigirse la medicina del comportamiento: dejar de preguntar únicamente qué está haciendo el perro y comenzar a investigar qué está ocurriendo dentro de su cerebro.

La Voz Canina, El periódico de perros más famoso de España.

Óscar Gutiérrez de Toro escribiendo en su despacho como experto en comportamiento y bienestar canino

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