En Animal Puxula recibimos una carta que jamás olvidaremos. Una despedida escrita desde el corazón que nos recuerda lo frágil y hermoso que es el vínculo con nuestros perros.
La Voz Canina | Redacción
Hace unos días, en la tienda, una clienta se acercó con los ojos aún húmedos. Nos dijo que había leído la carta de despedida a Thor, que publiqué en el libro “Thor, Huellas de Felicidad”, y que, al sentirse comprendida, decidió escribir su propia carta.
Una carta íntima, dolorosa y llena de un amor tan grande que merecía no quedarse guardada en un cajón.
Nos la entregó temblando, y cuando la leímos… nos rompió y nos abrazó al mismo tiempo.
Con su permiso, hoy la compartimos.
Quizá toque el corazón de alguien que también necesite sentir que no está solo en este tipo de despedidas.
CARTA DE DESPEDIDA A MI PERRO
“No sé por dónde empezar, porque no existe un lenguaje capaz de recoger lo que fuiste para mí. Pero necesito escribirte, como si estas palabras pudieran acariciarte otra vez.”
Hoy la casa está silenciosa, amor mío.
Tu cuenco sigue donde siempre, tu cama sigue oliendo a ti y cada rincón de este hogar aún guarda tu sombra. No sé si algún día podré borrar este nudo que tengo en el pecho… pero sé que tú no querrías verme así. Tú, que siempre tenías esa forma mágica de curar mi tristeza con una simple mirada.
Me cuesta aceptar que ya no escucharé tus pasos al correr hacia la puerta cuando llegaba del trabajo, ni esa manera tuya de pedir mimos apoyando la cabeza en mi pierna como si fuera el lugar más seguro del mundo.
Y quizá lo era. Para los dos.
Desde que te has ido, he comprendido una verdad que duele: tú no fuiste “solo un perro”.
Fuiste mi refugio cuando la vida apretaba, mi alegría cuando yo ya no recordaba cómo reír, mi compañero en mis mejores días y el abrazo silencioso que sostenía mis peores noches.
Tú sabías cuando estaba triste, tú sabías cuando tenía miedo… tú sabías siempre más de mí que yo misma.
Me enseñaste más de lo que cualquier libro podría enseñar.
Me enseñaste a perdonar rápido, a disfrutar de las pequeñas cosas, a vivir el presente, a no guardarme los “te quiero”. Me enseñaste a mirar con el corazón.
Y por eso duele tanto tu ausencia.
Ojalá pudiera explicarte que no me faltó amor, que hice todo lo que pude, que luché contigo hasta el final. A veces cierro los ojos y recuerdo tu mirada tranquila en tus últimos minutos… como si me dijeras: “Está bien, ya puedes soltarme.”
Pero yo no quería.
No quería perderte.
No quería imaginar un mundo sin ti.
Hoy solo me queda agradecerte.
Gracias por cada amanecer juntos.
Gracias por cada paseo, cada travesura, cada complicidad.
Gracias por haber existido y por haberme elegido como tu familia.
Dicen que el duelo es el precio del amor.
Si eso es cierto, entonces qué caro y qué hermoso es quererte.
No sé dónde estás ahora, pero quiero creer —necesito creer— que estás corriendo libre, sin dolor, con el viento en la cara y con esa felicidad tuya que contagiaba a cualquiera. Y quiero que sepas algo más:
No importa cuánto tiempo pase…
tu huella en mi vida es eterna.
Y mientras yo viva, vivirás tú también.
Gracias por ser mi compañero.
Gracias por ser mi familia.
Gracias por enseñarme lo que significa amar de verdad.
Hasta que volvamos a encontrarnos.
Tu amiga humana, que nunca te olvidará.
Autora: Una Clienta anónima de Animal Puxula, la tienda de accesorios y alimentación para Mascotas



















Deja una respuesta