
La Voz Canina / 17 enero 2026
Hay personas que trabajan con perros, y luego están aquellas que parecen trabajar para cambiar el mundo a través de ellos. Profesionales que no se limitan a observar conductas, sino que descifran emociones; que no solo corrigen, sino que acompañan. En un sector donde cada día surgen nuevos métodos, modas y debates, son muy pocos los que logran abrir una brecha real y dejar huella. Margot Cans es, sin duda, una de ellas.
Su historia no comenzó en un aula convencional ni en una pista de entrenamiento.
Sino —como suelen empezar las cosas importantes— con una pregunta íntima: “¿Qué puedo aportar yo al mundo del perro que aún no exista?”. Esa inquietud la llevó a estudiar, a especializarse, a equivocarse y a levantarse para trazar un camino propio donde el perro es el protagonista y la formación se entiende como un acto de responsabilidad profunda.
Hoy, Margot no solo dirige un centro de formación; dirige una filosofía. Ha consolidado una forma de mirar al perro que combina la ciencia con la emoción y el respeto con una honestidad profesional que la ha convertido en un referente indiscutible. Quienes han pasado por sus manos coinciden en lo mismo:
«Margot te enseña a educar perros, sí… pero, sobre todo, te enseña a entenderlos».
En La Voz Canina tenemos claro que nuestro objetivo es dar espacio a quienes realmente aportan valor. Por eso, sentarnos a hablar con ella era una parada obligatoria. Lo que sigue a continuación no es solo una entrevista; es un viaje por esa nueva mirada.
P: Margot, bienvenida. Para entender quién eres hoy, creo que tenemos que irnos muy atrás. Antes de ser la profesional que eres, fuiste una niña que miraba a los perros distinto. ¿Recuerdas el momento exacto en que sentiste que ellos te estaban enseñando algo?
R: Curiosamente, esta pregunta nadie me la había hecho nunca, y agradezco poder compartir por primera vez algo tan esencial. Yo nací entre animales. Mi abuelo materno tenía granjas y crecí rodeada de caballos, vacas, gallinas y, por supuesto, muchos perros. Eran mis compañeros de juegos y, de alguna forma, nuestros guardianes emocionales.
Pero recuerdo con absoluta nitidez un episodio que, sin saberlo, marcaría mi vida. Tendría unos ocho años cuando fui a casa de unos vecinos. Tenían un perro atado con una cadena. Gruñía, mostraba miedo. Yo, que solo conocía perros equilibrados, me acerqué con la intención más pura de consolarlo. Cuando mi cara quedó a la altura de la suya, me mordió.

P: Vaya… Eso podría haber creado un trauma de por vida.
R: Me quedé en shock, viendo cómo mi babero de cuadritos se empapaba de sangre. A día de hoy conservo una cicatriz visible al lado del labio. Aquello podría haber sido el final de mi relación con los perros, pero no lo fue. Al contrario: ahí empezó todo. Ese accidente me enseñó —mucho antes de poder entenderlo intelectualmente— que los perros no solo son amor y compañía: también son emoción, miedo, historia y contexto. Y que detrás de una conducta hay siempre una verdad emocional. Quizá, en el fondo, todo empezó aquel día.
P: Es fascinante que, en lugar de alejarte, te acercaras más. Sin embargo, tu camino profesional no fue directo. Hubo un momento en tu vida adulta donde pasaste de «amar a los perros» a dedicarles tu vida entera. ¿Cuál fue el detonante?
R: La respuesta quizá no sea la más romántica, pero sí es la verdadera: la crisis del 2008. Yo trabajaba en una entidad bancaria y, con la gran reestructuración del sector, de un día para otro me encontré en casa. Tuve que decidir quién quería ser a partir de ese momento. Hasta entonces, los perros eran mi pasión de tardes y fines de semana, mi refugio.
Al quedarme fuera del banco, no tuve dudas: elegí a los perros. Entendí que aquello que hacía «a ratos libres» era mi propósito real. Me formé con rigor en Madrid y Barcelona, viajé, estudié y convertí la pasión en profesión. No fue una decisión fácil, fue una decisión valiente. Y no he vuelto a mirar atrás.
P: De esa formación y de esos años de experiencia, ¿hay algún maestro —humano o canino— que haya moldeado tu método más que ningún libro?
R: De los humanos he aprendido mucho, incluso lo que no debe hacerse. Pero si hablamos de un maestro que marcó mi forma de trabajar, lo tengo claro: mi pastor belga, Thor. Con él aprendí lo más importante: que un buen vínculo afectivo transforma cualquier relación. Con vínculo y respeto mutuo llegas a lugares donde ningún método técnico alcanza.
Thor me enseñó que existen diferentes inteligencias caninas. Cada perro siente y procesa desde un mundo interior único. Entender ese mundo es el verdadero inicio del adiestramiento. Eso no está en los libros.
P: Hablas de emoción y vínculo, pero vienes del sector bancario y tienes formación musical como pianista. ¿Cómo se mezcla todo eso en tu método «Margot Cans»?
R: Todo suma. Del banco me llevé la capacidad de gestión emocional y trato humano, porque aunque el alumno es el perro, el cliente es el tutor. Si no conectas con la persona, el trabajo con el perro no fluye. Y la música… fíjate, soy diplomada en piano y experimenté cómo los perros modulaban su respuesta emocional según la música que ponía de fondo.
Mi método es eso: la ciencia estructura, la emoción acompaña y la humanidad une.
P: Esa humanidad a veces implica gestionar momentos muy duros. Sé que has vivido situaciones límite. ¿Hay algún caso que te hiciera dudar?
R: Ha habido momentos muy difíciles. El peor fue un accidente grave trabajando: un perro me tiró, me arrastró y me rompí todos los huesos del brazo izquierdo. Dos operaciones, un año de rehabilitación… El dolor físico y emocional fue enorme. Hubo momentos en los que pensé que no volvería.
P: Pero volviste.
R: Volví. Y fue precisamente ahí cuando decidí especializarme en cachorros. Sentí que quería empezar desde el origen, donde todo se construye. También hubo otro golpe duro: mi perro Fito, un yorkshire que me ayudaba en terapia, perdió un ojo tras el ataque de otro perro en una clase. Se te encoge el corazón. Pero todo esto me enseñó que trabajar con perros es un acto de responsabilidad ética permanente. No es un juego.
Sufrió un ataque de niña y una grave lesión trabajando, pero nunca dejó de creer en ellos. Hablamos con la educadora que cambió la banca por los perros para enseñar una lección vital:
Sin vínculo, no hay obediencia.
P: Con esa experiencia a cuestas, imagino que verás cosas en el día a día que te frustran. ¿Qué mito sobre los perros te gustaría borrar de la mente de la gente?
R: El mito del “ya se le pasará” o “se arreglará con la edad”. Eso duele. El perro no madura como un humano; lo que no se trabaja, se cronifica. Y otro que me duele especialmente es la idea de que los adiestradores tenemos una varita mágica. La gente ve programas de televisión y cree que los problemas se arreglan en veinte minutos. La educación canina es un proceso, y el cambio real solo ocurre cuando el tutor se implica.
P: Para sostener a esos tutores y a esos perros con problemas, tú tienes que estar muy centrada. ¿Cómo cuidas tu propia energía para no quemarte?
R: Es fundamental. Para educar hay que estar bien por dentro. Yo me levanto a las cinco de la mañana para meditar. Necesito ese espacio de silencio y orden mental. Y luego está el mar; vivir cerca de la playa me salva. Caminar por la arena me limpia y me recoloca. Y, por supuesto, mis propios perros. Estar con ellos sin trabajar, solo estando, me reconecta con lo esencial.

P: Margot, mirando hacia adelante… ¿Qué te traes entre manos? ¿Hay algún proyecto que te ilusione especialmente ahora?
R: Dicen que no hay que contar los proyectos para no gafarlos… [ríe], pero te contaré uno que ya es realidad: estoy adiestrando a un perro para una niña con autismo. Soy técnica en terapia asistida y ver los avances humanos, tangibles y transformadores en esa niña está siendo un regalo.
Tengo otros proyectos audiovisuales en mente y… bueno, se me ha escapado antes, pero estoy escribiendo un libro. Quiero dejar por escrito ese legado, esa forma de ver el mundo.
P: Ya vendrás aquí cuando lo tengas, estás invitada. Si dentro de 20 años alguien coge ese libro o recuerda tu nombre, ¿qué te gustaría que dijeran de ti?
R: Me gustaría que dijeran que fui una profesional diferente. Alguien que aportó ética y humanidad al adiestramiento. Que eduqué a los perros, sí, pero que sobre todo transformé a sus tutores para que vivieran más felices. Me haría especial ilusión que las nuevas generaciones de educadores y educadoras caninas puedan tomarme como referente. Si logro que la educación canina se entienda como un proceso emocional y consciente, habré cumplido mi misión.
Hablar con Margot es darse cuenta de que la educación canina no va de «sentado» y «quieto». Va de vínculos, de respeto y, sobre todo, de entendimiento mutuo.
Si sientes que tu perro y tú necesitáis ese tipo de guía, o si simplemente quieres aprender a mirar a tu compañero de cuatro patas con otros ojos, Margot sigue trabajando cada día para hacerlo posible.
📍 ¿Dónde encontrarla? Puedes conocer más sobre su filosofía, sus servicios a domicilio y sus formaciones.
Porque como ella bien dice: “El perro que educamos hoy es el compañero que tendremos mañana”.
En La Voz Canina no hablamos de perros por romanticismo, sino con ciencia, ética y periodismo independiente. Si este artículo te ha hecho mirar a tu perro de otra manera, en nuestro Canal de WhatsApp o al Canal de Telegram encontrarás más investigaciones, estudios explicados con rigor, alertas importantes y contenidos que no siempre llegan a redes.
👉 Únete al Canal de WhatsApp de La Voz Canina y mantente informado.
👉Únete al Canal de Telegramde La Voz Canina y mantente informado.
Ultimas Entradas:


























Deja una respuesta