Mujer educando a su perro con correa floja y sin castigos en un parque urbano.
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Ni tirones ni barra libre: el falso debate que está perjudicando a los perros en España

Castigar no es educar, pero trabajar con refuerzo positivo tampoco significa permitirlo todo. Entre quienes quieren someter al perro y quienes confunden bienestar con ausencia de normas se ha construido un debate equivocado. La ciencia ofrece una salida bastante más seria.

La Voz Canina, el periódico de perros más famoso de España.

Los parques, las redes sociales y algunos centros de adiestramiento se han convertido en escenarios de una guerra ideológica. A un lado aparecen quienes aseguran que el perro necesita una mano firme, conocer “quién manda” y recibir una corrección cuando desafía al propietario. Al otro, quienes interpretan cualquier interrupción, límite o momento de frustración como una amenaza para su bienestar emocional.

Mientras unos hablan de dominancia y otros cuentan salchichas, muchos tutores continúan sin saber qué hacer cuando su perro se lanza contra otro, destroza la casa al quedarse solo, no responde a la llamada o vive permanentemente acelerado.

El problema no es que existan dos métodos igualmente válidos entre los que debamos encontrar un punto intermedio. Esa sería otra simplificación. Los riesgos de los métodos aversivos están documentados, mientras que el llamado “positivismo ingenuo” ni siquiera es una disciplina científica: es una interpretación superficial y empobrecida del adiestramiento basado en recompensas.

Por eso necesitamos hablar claro. Educar sin dolor no significa educar sin normas. Y poner límites no exige asustar, intimidar ni someter al perro.

La primera mentira: el perro necesita saber quién manda

Durante décadas se explicaron problemas tan diferentes como tirar de la correa, subirse al sofá, proteger un objeto, ladrar o no acudir a la llamada mediante una única palabra: dominancia.

El diagnóstico parecía sencillo. El perro quería controlar a la familia y había que demostrarle que el ser humano era el “macho alfa”. De esa interpretación surgieron técnicas como tumbar al animal por la fuerza, sujetarlo hasta que dejara de resistirse, darle tirones de correa, comer antes que él o impedirle pasar primero por las puertas.

El problema no es que la dominancia no exista en absoluto. En etología puede describir una relación entre individuos respecto al acceso a determinados recursos. El error consiste en convertirla en una característica fija de la personalidad y utilizarla para explicar prácticamente cualquier conducta del perro.

Un perro que gruñe cuando intentan quitarle un hueso no está necesariamente preparando un golpe de Estado doméstico. Puede haber aprendido que las personas se aproximan para arrebatarle cosas, puede sentir miedo, dolor o inseguridad, o puede haber descubierto que gruñir aumenta la distancia.

Una influyente revisión de Bradshaw, Blackwell y Casey cuestionó precisamente el uso de la dominancia como explicación general del comportamiento de los perros de compañía. Los autores advirtieron de que intentar reducir una supuesta posición jerárquica mediante la fuerza podía perjudicar el bienestar y agravar determinados problemas.

No necesitamos negar toda relación de dominancia entre perros para abandonar la fantasía de que nuestro animal pasa el día intentando ascender en una imaginaria manada formada por seres humanos.

Qué ocurre cuando educamos mediante miedo o dolor

El castigo puede detener una conducta. Negarlo sería faltar a la verdad.

Un tirón puede conseguir que el perro deje de avanzar. Un grito puede interrumpir momentáneamente un ladrido. Un estímulo eléctrico puede provocar que el animal abandone aquello que estaba haciendo.

La pregunta científica no es únicamente si la conducta se detiene, sino qué ha aprendido el perro, qué asociación ha creado y qué coste emocional ha tenido el procedimiento.

Si un perro recibe dolor cada vez que aparece otro perro, puede aprender a no abalanzarse en presencia de la persona que maneja el collar. Pero también puede asociar la aparición de otros perros con la amenaza del castigo. El síntoma visible puede reducirse mientras la emoción que lo provocaba permanece o incluso empeora.

Tampoco es correcto afirmar que todos los perros castigados terminarán atacando o desarrollando una fobia. La conducta no funciona con ese determinismo. Lo que sí muestran los estudios es un aumento del riesgo, no una condena inevitable.

Una investigación publicada en PLOS ONE observó a 92 perros de compañía procedentes de siete escuelas de adiestramiento. Los animales educados mediante métodos aversivos mostraron más comportamientos relacionados con el estrés, permanecieron más tensos durante las sesiones y presentaron cambios de cortisol más desfavorables. Los perros de las escuelas que utilizaban aversivos con mayor frecuencia también mostraron un sesgo cognitivo más “pesimista” fuera del contexto de entrenamiento. Puede consultarse el estudio de Vieira de Castro y colaboradores.

Esto no significa que podamos leer la mente de un perro midiendo una única conducta o una muestra de saliva. El estudio tenía limitaciones y no asignó aleatoriamente a los animales a cada escuela. Sin embargo, la coincidencia entre las medidas conductuales, fisiológicas y cognitivas refuerza la preocupación sobre los métodos aversivos.

La neurociencia no necesita frases espectaculares

Decir que el miedo “apaga” completamente el córtex prefrontal y deja al perro dominado por la amígdala resulta atractivo, pero simplifica demasiado el funcionamiento cerebral.

El cerebro no trabaja mediante interruptores independientes. La amígdala participa en el procesamiento de estímulos relevantes y amenazantes, mientras que diferentes regiones corticales intervienen en la atención, el aprendizaje, la inhibición y la toma de decisiones. Todas ellas mantienen una comunicación constante.

Lo que sí podemos afirmar es que una activación emocional intensa modifica la atención y la capacidad de responder con flexibilidad. Cuando un perro supera su umbral, su repertorio de respuestas se estrecha. Le cuesta explorar alternativas y puede recurrir a conductas que anteriormente le permitieron escapar, aumentar distancia o descargar tensión.

La conclusión práctica no es que el perro haya dejado de tener cerebro, sino que probablemente no se encuentra en las mejores condiciones para aprender lo que queremos enseñarle.

Por eso inundarlo de estímulos, castigarlo durante una reacción o exigirle obediencia cuando está desbordado puede resultar contraproducente.

La segunda mentira: educar en positivo significa dejar hacer

Como reacción frente al castigo surgió una transformación necesaria en la educación canina. Empezamos a observar emociones, utilizar recompensas, respetar señales de incomodidad y preguntarnos por qué se comportaba así el perro.

El problema apareció cuando algunas personas redujeron todo ese conocimiento a una consigna superficial: ignorar lo que no gusta y premiar lo que sí.

A esa deformación podemos llamarla “positivismo ingenuo”, aunque no sea un término científico. No representa adecuadamente el adiestramiento basado en recompensas.

Educar de manera respetuosa puede incluir impedir el acceso a algo, finalizar una interacción, gestionar el entorno, utilizar una correa, colocar una barrera, pedir una conducta incompatible, retirar una oportunidad o alejar al perro de una situación que no puede afrontar.

La diferencia no está en permitir o prohibir. Está en cómo se establece el límite, qué aprende el animal y qué consecuencias tiene para su bienestar.

Un perro no necesita experimentar dolor para aprender que no puede cruzar una carretera, perseguir a un ciclista o lanzarse sobre otro perro. Necesita prevención, una alternativa entrenada y consecuencias coherentes.

Un límite no es un grito

Decir “no” no traumatiza automáticamente a un perro, pero tampoco constituye por sí mismo una enseñanza.

Si pronunciamos esa palabra cada vez que ladra, salta, tira, olisquea, se aleja o se acerca a algo, termina convirtiéndose en un ruido sin información precisa. El perro puede saber que estamos enfadados sin comprender qué debería hacer en su lugar.

Un límite útil responde a cuatro preguntas:

  • ¿Qué conducta queremos impedir?
  • ¿Cómo evitaremos que el perro continúe practicándola?
  • ¿Qué alternativa concreta vamos a enseñarle?
  • ¿Cómo conseguiremos que esa alternativa merezca la pena?

Si no queremos que salte sobre las visitas, podemos gestionar la entrada, evitar que alcance a la persona, enseñarle a permanecer en una zona determinada y reforzar que mantenga las cuatro patas en el suelo.

Eso es poner un límite. No existe barra libre, pero tampoco hay necesidad de asustarlo.

La comida no es un soborno

Otro de los ataques habituales al refuerzo positivo sostiene que un trozo de salchicha nunca podrá competir con la adrenalina de un perro que quiere abalanzarse sobre otro.

La frase contiene una parte de verdad y una conclusión equivocada.

Cuando un perro está demasiado cerca del estímulo y completamente desbordado, puede rechazar incluso su alimento favorito. Pero el trabajo no consiste en colocar una salchicha delante de su nariz mientras permanece al borde de la explosión.

Consiste en crear una distancia a la que todavía pueda observar, procesar información y responder. Desde ahí se trabajan alternativas, asociaciones emocionales, orientación hacia la persona, retirada segura y recuperación después del estímulo.

En ocasiones la recompensa será comida. En otras, aumentar la distancia, continuar el paseo, acceder a un olor, jugar o conseguir aquello que el perro deseaba de una forma segura.

En un estudio con 63 perros que presentaban problemas de llamada o persecución, los investigadores compararon el uso de collares electrónicos con otros programas sin estimulación eléctrica. El grupo trabajado principalmente con refuerzo positivo respondió mejor a una sola señal y necesitó menos órdenes; tampoco hubo evidencia de que el collar electrónico fuera necesario. Los resultados pueden consultarse en la investigación publicada en Frontiers in Veterinary Science.

El refuerzo positivo no consiste en distraer eternamente al perro con comida. Consiste en construir conductas que tengan una historia de aprendizaje suficientemente sólida.

La tolerancia a la frustración también se enseña

Un perro no puede conseguir siempre todo lo que desea. Habrá puertas que no pueda atravesar, perros a los que no deba acercarse, comida que tendrá que esperar y paseos en los que deberá permanecer sujeto.

Pero tolerar la frustración no se aprende sometiendo al animal a una frustración máxima hasta que se rinde.

Se aprende con pequeñas dificultades asumibles, expectativas comprensibles y posibilidades de éxito. Esperar unos segundos antes de acceder a algo, aceptar que una actividad termina, probar otra estrategia o recuperar la calma después de una interrupción son habilidades entrenables.

También debemos distinguir autocontrol de indefensión. Un perro inmóvil no siempre está tranquilo. Puede haber aprendido que ninguna respuesta le permite evitar lo que sucede.

La verdadera regulación emocional se observa cuando el perro conserva la capacidad de tomar decisiones, comunicarse y volver voluntariamente a un estado más estable.

Los perros reactivos no son el resultado de una única ideología

Sería injusto afirmar que todos los perros reactivos han sido castigados o que todos carecen de límites. La reactividad puede estar influida por la genética, la socialización temprana, experiencias traumáticas, aprendizaje, frustración, dolor, enfermedades, ambiente y acumulación de estrés.

Dos perros pueden mostrar exactamente el mismo ladrido y necesitar intervenciones diferentes.

Uno puede ladrar porque teme que otro perro se acerque. Otro porque quiere saludar y la correa se lo impide. Un tercero puede haber aprendido que ladrar consigue alejar al estímulo. Otro puede reaccionar porque una molestia física ha reducido su tolerancia al contacto.

Por eso el buen profesional no empieza preguntando cómo silenciar el ladrido. Primero intenta averiguar qué función cumple, qué emoción lo acompaña y qué factores lo mantienen.

No se trabaja igual con miedo que con frustración. Tampoco se debería iniciar un programa de comportamiento complejo sin considerar una posible causa médica.

La tercera vía no está a mitad de camino

La solución no consiste en utilizar unas veces salchichas y otras un tirón “para equilibrar”. Tampoco en revestir la corrección con palabras más amables.

La tercera vía está fuera de ese falso debate. Se apoya en la etología, la medicina veterinaria, la teoría del aprendizaje y el análisis individual del perro.

Significa:

  • Evitar el dolor y la intimidación como herramientas educativas.
  • Establecer normas claras, predecibles y adaptadas a la convivencia.
  • Gestionar el entorno para impedir que se repitan conductas peligrosas.
  • Enseñar alternativas concretas, en lugar de limitarse a castigar errores.
  • Trabajar por debajo del umbral cuando existe miedo o reactividad.
  • Revisar salud, dolor, descanso, ejercicio y necesidades individuales.
  • Medir el progreso por la capacidad del perro para desenvolverse mejor, no solo por la desaparición momentánea del síntoma.

Esto no es permisividad. Es precisión.

El perro no necesita un jefe: necesita una referencia

Ser una referencia para el perro no implica demostrar superioridad física. Significa tomar decisiones seguras, anticiparse a los problemas, mantener criterios coherentes y ayudarlo a desenvolverse en un mundo construido por seres humanos.

Habrá límites. Habrá conductas que deban interrumpirse y situaciones en las que tendremos que decir que no. Pero ese límite debería proporcionar información y seguridad, no miedo.

La vieja escuela se equivocó al confundir obediencia con sometimiento. El positivismo ingenuo se equivoca cuando reduce la educación a repartir premios y evitar cualquier incomodidad. Pero no son errores simétricos: los riesgos del adiestramiento aversivo están documentados, mientras que el segundo nace de aplicar mal o explicar peor un modelo basado en recompensas.

Los perros no necesitan que ganemos una guerra ideológica. Necesitan que dejemos de utilizarlos para librarla.

Ni tirones ni barra libre. Ciencia, estructura, comprensión y límites sin violencia.

Óscar Gutiérrez de Toro escribiendo en su despacho como experto en comportamiento y bienestar canino

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