Donde el hombre no llega, llega el perro: así localizan jabalíes muertos para detenerla.
Hay noticias que nacen en las ciudades, entre ruedas, pantallas y semáforos, pero esta nace donde nadie habla: en el corazón húmedo de Collserola, allí donde las hojas cubren los caminos y sólo el bosque escucha. El sol apenas roza las copas y, bajo la maleza, yace una amenaza que España no puede permitirse ignorar. No es visible a simple vista. No ruge, no avanza en estampida. El enemigo es silencio. La Peste Porcina Africana. En España moviliza perros rastreadores para localizar jabalíes muertos
La Voz Canina/ Noticias
Para encontrar lo que los ojos no ven, el país ha tenido que recurrir al mejor detector que la biología ha creado: el olfato de un perro. Ni cámaras térmicas, ni drones de última generación, ni satélites. La primera línea real de esta batalla camina sobre cuatro patas y respira por una nariz capaz de distinguir un cadáver entre millones de partículas de aire.
Las autoridades han desplegado binomios caninos entrenados durante meses para una tarea que no admite errores. Agentes Rurales de Catalunya, el Servicio Cinológico de la Guardia Civil y equipos forestales coordinan una operación inédita en España: recorrer a pie los barrancos, los cortados, los pasillos naturales donde un jabalí puede morir sin ser visto durante semanas. Un solo cuerpo en descomposición es suficiente para infectar un valle entero, contaminar tierra, agua, granjas, transporte, economía. Por eso, estos perros rastreadores no buscan animales vivos. Buscan muerte. La huelen.
Un estudio pionero publicado por Johnen et al. (2017, Frontiers in Veterinary Science) demostró que los perros son capaces de detectar compuestos orgánicos volátiles generados por la descomposición animal con una precisión que supera sistemas electrónicos convencionales, abriendo una línea científica que hoy respalda el uso de canes para localizar cadáveres en zonas de fauna silvestre. Lo que entonces era hipótesis, hoy es estrategia estatal.
Se mueven lentos, en silencio, con la cabeza baja y los músculos tensos como cables. No ladran, no persiguen, no rompen el equilibrio del ecosistema. Cuando encuentran un cadáver, no tocan, no muerden, no arrastran. Se sientan. Esperan. Informan con el cuerpo, no con la voz. Es el código de un oficio que no figura en currículos universitarios pero que decide el futuro de una especie entera. Cuando el guía llega, marca coordenadas, fotografía, comunica. El cuerpo es retirado bajo protocolo de bioseguridad. Ropa, botas, vehículo y el propio perro se desinfectan antes de volver al punto de salida. La ciencia aquí no lleva bata. Lleva arnés.
No conocemos públicamente las razas exactas, pero la experiencia en rastreo de fauna y cadáveres indica perfiles muy concretos: perros con foco, resistencia, estabilidad emocional. Animales que no se descomponen ante el olor de la muerte, que trabajan horas entre zarzas y pendientes, que no se excitan ante fauna viva. Son perros preparados para moverse donde el ser humano no llega y para advertir antes de que sea tarde. No cazan. Previenen.
La PPA no afecta al ser humano, pero sí a la economía de un país entero. España es uno de los mayores productores europeos de porcino; un brote descontrolado implicaría cierres comerciales, sacrificios masivos, pérdidas millonarias. Que no haya drama mediático no significa que no haya urgencia. Que no haya gritos no significa que no haya guerra. La lucha es silenciosa, porque la batalla se libra contra algo que no se oye.
Mientras nosotros leemos esta página, un perro avanza entre encinas, escuchando el bosque con la nariz. Su misión no es heroica, es necesaria. No lleva medallas. No busca aplausos. Pero su trabajo puede significar que una granja abra mañana o cierre para siempre. Puede marcar la línea entre un brote contenido o una epidemia que atraviese fronteras con la misma facilidad con que se esparce el viento. No está solo: detrás hay veterinarios, Gobierno, científicos, drones, helicópteros. Pero el primer aviso sigue viniendo de un hocico que huele la muerte antes que nadie.
Collserola es ahora un tablero. Y en ese tablero, el rey no es humano. El rey huele. Avanza. Encuentra. Y nos recuerda algo que la tecnología olvida con facilidad: en el mundo moderno, seguimos necesitando perros para sobrevivir.
Quizá en unos meses nadie recuerde sus nombres, ni sus rutas, ni el barro que se les pegó al lomo. Pero si la Peste Porcina Africana no cruza la frontera, si la economía no se tambalea, si nuestros montes no se vacían, será porque un perro —sin titulares ni discurso político— localizó a tiempo lo que nadie más podía ver. Porque patrulló el silencio. Porque nos salvó con la nariz.
Y esa, sin duda, debería ser noticia.
Autor: Mike Ramírez Amante de los animales.
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