El sexto sentido del perro y su capacidad extraordinaria.

Beagle en bosque percibiendo el campo magnético terrestre

Lo que la ciencia está descubriendo sobre la capacidad de los perros para sentir el campo magnético de la Tierra. Se ha descubierto como si fuera el sexto sentido del perro y su capacidad extraordinaria de sentir el campo magnético de la tierra, os contamos más.

La Voz Canina | Investigación Especial

Durante años hemos escuchado anécdotas que parecían casi leyendas: perros que recorren kilómetros para volver a casa, perros que encuentran a su familia tras un cambio de domicilio, perros de caza que regresan al coche por el camino más corto aunque hayan corrido sin rumbo aparente por el bosque. Hasta hace poco, la explicación oficial se quedaba en un lugar cómodo: “tienen muy buen olfato” o “tienen un gran sentido de la orientación”. Pero la ciencia, en silencio, llevaba tiempo sospechando que detrás de esas historias había algo más. Algo que hoy empieza a confirmarse: los perros podrían tener un auténtico sexto sentido, capaz de sentir el campo magnético de la Tierra.

Lo que parecía materia de documentales de aves migratorias o tortugas marinas ha entrado de lleno en el mundo del perro. En la última década, varios grupos de investigación europeos han publicado estudios que apuntan en la misma dirección: los perros no solo huelen, ven y oyen el mundo; también podrían “sentir” líneas invisibles que atraviesan el planeta de norte a sur. A este fenómeno se le llama magnetorrecepción, y su presencia en aves, peces o mamíferos salvajes está bien descrita desde hace años. Lo novedoso es que ahora empezamos a encontrar indicios sólidos de que también está presente en el perro doméstico.

Todo empezó con un estudio que buscaba un sentido mas en el que el perro se demuestre su capacidad extraordinaria de sentir, curiosamente, se hizo famoso por un detalle casi cómico: los investigadores checos y alemanes que lo realizaron se dedicaron durante dos años a observar algo tan poco glamuroso como la forma en la que los perros hacían sus necesidades. Analizaron más de 1.800 defecaciones y más de 5.000 micciones de 70 perros de 37 razas distintas. Lo que encontraron fue tan sorprendente que dio la vuelta al mundo: cuando el campo magnético de la Tierra estaba estable, los perros tendían a alinear su cuerpo en un eje norte-sur a la hora de orinar o defecar. Cuando el campo estaba alterado, ese patrón desaparecía.

La conclusión no es que el perro “piense” en los puntos cardinales cuando hace pis, sino algo más profundo: su cuerpo parece responder de forma inconsciente a variaciones muy sutiles del campo magnético. Esa sensibilidad es, precisamente, una de las marcas de la magnetorrecepción. Los autores del trabajo fueron cuidadosos: no afirmaron haber demostrado un “GPS canino”, pero sí dejaron claro que los perros son sensibles a pequeñas variaciones del campo magnético terrestre y que eso influye en su comportamiento postural.

El siguiente paso fue todavía más ambicioso. Un equipo de investigadores equipó a 27 perros de caza con collares GPS y cámaras de acción y los dejó moverse libremente en bosques de Europa central. Registraron más de 600 trayectos de ida y vuelta. Lo que buscaban era entender cómo deciden el camino de regreso cuando se alejan mucho del guía. Lo que encontraron parecía sacado de un manual de navegación: antes de volver, muchos perros realizaban una breve carrera en línea recta alineada aproximadamente con el eje norte-sur, una especie de “carrera-brújula” que parecía recalibrar su sentido interno de la dirección. Tras ese gesto, elegían atajos mucho más eficientes para regresar al punto de partida, como si se hubieran orientado usando un compás invisible.

El sexto sentido del perro y su capacidad extraordinaria.

Los científicos bautizaron este comportamiento como compass run y plantearon una hipótesis tan sugerente como inquietante: los perros podrían estar usando el campo magnético terrestre como una referencia adicional, junto con el olfato y la memoria, para orientarse en entornos complejos. Es decir, no se trata de que “sustituyan” su olfato por un sexto sentido, sino de que añaden una capa extra de información al mapa mental que construyen mientras se mueven.

A medida que avanzaban las investigaciones, otros grupos empezaron a hacer preguntas más finas. ¿Podían los perros detectar directamente un imán? ¿Sería posible entrenarlos para distinguir un objeto magnético de un simple trozo de comida? En un experimento publicado en 2018, un equipo entrenó a varios perros para escoger entre dos recipientes visualmente idénticos: uno escondía un pequeño imán de barra y el otro, un simple premio. Sorprendentemente, la mayoría de los perros aprendieron a localizar el imán por encima del azar… pero no mostraron la misma precisión con el alimento. La conclusión fue contundente: algo en su sistema sensorial reacciona de manera específica a los campos magnéticos, aunque todavía no sepamos exactamente cómo.

La biología, mientras tanto, buscaba el “hardware” de este sexto sentido. En aves y otros animales se han descrito dos grandes mecanismos posibles: partículas de magnetita (un mineral sensible al magnetismo) en ciertos tejidos, y moléculas especiales en la retina —como las criptocromos— capaces de reaccionar a cambios en el campo magnético a través de procesos cuánticos. En 2016, un trabajo publicado en Scientific Reports describió la presencia de criptocromo 1 en los conos de la retina de algunos mamíferos, entre ellos perros y primates, lo que sugiere que podrían utilizar esa vía para percibir el campo magnético de forma ligada a la visión, igual que se ha propuesto en aves.

Nada de esto significa que tengamos todas las respuestas. De hecho, la ciencia seria avanza también a base de matices y de dudas. En 2022, otro grupo de investigadores intentó replicar los resultados sobre la alineación magnética en perros y no encontró evidencias sólidas en sus datos, recordando que fenómenos tan sutiles pueden verse fácilmente enmascarados por cambios ambientales, sesgos de muestreo o condiciones locales difíciles de controlar. Es decir: la existencia de un “sentido magnético” en perros es una hipótesis muy fuerte y apoyada por varias líneas de evidencia, pero todavía está en construcción y sigue generando debate.

Lo verdaderamente fascinante, más allá de las cifras y los gráficos, es lo que todo esto significa para quienes convivimos con perros. Nos obliga a mirarlos de otra manera. Nos recuerda que viven en un mundo sensorial más rico que el nuestro, donde el olor dibuja mapas, el oído captura frecuencias que nosotros no escuchamos y, quizá, una brújula interna les susurra por dónde está el norte incluso en plena oscuridad.

El sexto sentido del perro y su capacidad extraordinaria.

Puntos clave

Cuando un perro se aleja en el bosque y luego aparece de nuevo, jadeando pero seguro, en el punto exacto donde lo esperamos, solemos atribuirlo al olfato, a la memoria o a “que son muy listos”. Todo eso es cierto, pero puede que nos falte reconocer la última pieza del puzzle: una sensibilidad magnética que le da al perro una referencia absoluta, algo así como una línea invisible que cruza su cuerpo y le dice hacia dónde está su hogar.

Para el lector de a pie, todo esto puede sonar casi mágico. Para un educador que lleva años observando perros sobre el terreno, encaja con muchas pequeñas cosas que antes parecían simples curiosidades. Perros que eligen siempre el mismo lugar y posición para descansar, paseos en los que cambian de dirección sin motivo aparente, rutas de regreso que no obedecen a un simple “vuelvo sobre mis pasos”, sino a decisiones más eficientes. La ciencia empieza a darle un lenguaje a esas observaciones. Y lo que nos está diciendo es claro: hemos infravalorado la sofisticación con la que un perro lee el mundo.

Desde el punto de vista del bienestar, este conocimiento abre también un melón incómodo: ¿cómo afecta nuestra vida moderna —llena de ruido eléctrico, campos artificiales, antenas, dispositivos— a un animal que podría ser sensible a cambios sutiles del magnetismo ambiental? Todavía no hay respuestas definitivas, pero algunos investigadores sugieren que ciertas desorientaciones, miedos o conductas extrañas podrían relacionarse con “ruido magnético” al que el perro no sabe cómo adaptarse. Es un terreno resbaladizo, en el que hace falta mucha más evidencia, pero la pregunta ya está planteada.

En todo caso, lo que ya sabemos basta para algo muy concreto: para mirar a los perros con más respeto. Les hemos pedido durante siglos que se adapten a nuestro mundo, a nuestras prisas, a nuestras casas rectangulares, a nuestras calles asfaltadas. Y aun así, siguen usando sentidos que ni siquiera comprendemos del todo para protegernos, acompañarnos y, en muchos casos, encontrarnos cuando nos perdemos —literal o emocionalmente—.

El sexto sentido del perro no es magia, ni brujería, ni puro instinto inexplicable. Puede ser ciencia en proceso. La biología fina. Es el resultado de millones de años de evolución afinando un organismo capaz de moverse por el planeta con una elegancia que nosotros hemos olvidado. Y ahora que empezamos a entenderlo, la responsabilidad está en nuestra parte: escuchar lo que la ciencia nos cuenta sobre ellos y tratarles como lo que son: animales mucho más complejos, sensibles y fascinantes de lo que creíamos.

Tal vez, la próxima vez que veas a tu perro girar sobre sí mismo antes de tumbarse, preferir la misma orientación al dormir o regresar por un atajo imposible a casa, puedas pensar que no está haciendo “cosas raras de perro”. Tal vez esté haciendo algo que tu cerebro ya no recuerda cómo hacer: leer, en silencio, la brújula invisible de la Tierra.

Autor: Óscar Gutiérrez de Toro. Experto en Adiestramiento, educación y Nutrición Canina.

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