Hoy tenemos el placer de recibir a una invitada muy especial: una mujer que ha convertido su pasión por los perros y por las relaciones profundas entre especies en una forma de vida y de conexión auténtica.
Ella es Barbara, impulsora de La Fragua de Maffe, un espacio —físico y online— donde se cultiva el vínculo entre humanos y sus compañeros caninos desde el respeto, la ciencia y la conexión real.
Más que entrenamiento o simple obediencia, lo que Barbara propone es una mirada renovada a la relación con nuestros perros: entenderlos, sentirlos, acompañarlos y, sobre todo, ensanchar el modo en que convivimos con ellos en nuestro día a día.
Desde Cataluña, con programas, experiencias vivas, paseos sociales y aventuras que buscan que humanos y perros se conecten más allá de órdenes y técnicas, La Fragua de Maffe invita a cuestionar el status quo y a reconstruir vínculos desde la empatía, el cuidado y la emoción.
Así que hoy vamos a hablar con alguien que no solo ve a los perros como mascotas, sino como puentes —como espejos, como maestros de presencia— y que está aquí para compartir su visión, sus aprendizajes y su forma de transformar vidas.
Barbara, bienvenida. Qué ganas tenía de esta charla.
(Óscar): Para situarnos, Barbara, porque La Fragua de Maffe no suena a un proyecto convencional, suena a algo con mucha alma. Cuéntanos, ¿en qué momento de tu vida nace esa chispa y qué necesidad sentías que no estaba cubierta en el mundo del perro?
(Barbara): La Fragua de Maffe nace con Maffe, mi primer perro. Él procedía de África y había vivido como perro semiferal: tenía una enorme claridad sobre lo que quería, una gran autonomía, traumas no resueltos y una capacidad defensiva muy marcada. Desde el primer momento entendí que mi responsabilidad no era “educarlo” para que encajara en mi vida, sino acompañar su adaptación y rehabilitación sin que sintiera que perdía su libertad ni su identidad.

Con Maffe descubrí que mi forma de vivir la relación era distinta a la que veía a mi alrededor. No buscaba que fuera una extensión de mí ni un mero acompañante, sino un miembro activo de la familia, con sus peculiaridades de especie, de raza y, sobre todo, de individuo. Esa mirada cambió profundamente mi manera de estar en el mundo. Muchas personas me decían en tono de broma: “¿lo llevas tú o te lleva él?”. Yo siempre respondía: “Vamos juntos”.
Esa frase resume bastante bien el origen del proyecto. La convivencia no puede ser un proceso unidireccional en el que el perro se adapta por completo a la vida humana. Nosotros también tenemos que transformarnos. Cuando eso ocurre, los perros nos devuelven muchísimo: presencia, coherencia interna, autenticidad. Creo que lo que falta hoy es escucha real, humildad y una verdadera capacidad de ponernos en su piel. Amamos mucho a nuestros perros, pero seguimos priorizando nuestros ritmos, nuestras vacaciones, nuestra comodidad. Superar ese antropocentrismo es, para mí, una urgencia ética.
Con Maffe descubrí que mi forma de vivir la relación era distinta a la que veía a mi alrededor
(Óscar): «Vamos juntos». Qué potencia tiene esa frase, es una declaración de intenciones total frente a la idea de arrastrar al otro. Y hablas mucho de eso: de vínculo, de relación, de presencia real… ¿Qué crees que estamos haciendo mal —o de forma incompleta— cuando usamos esa palabra tan grande que es “educar” hoy en día?
(Barbara): Nos centramos casi exclusivamente en el comportamiento observable, cuando este no es más que la punta del iceberg. Detrás de una conducta hay estados emocionales, necesidades no cubiertas, experiencias previas y un contexto relacional concreto. Pretendemos perros que funcionen como “soldaditos”, perfectamente obedientes, cuando no exigimos ese nivel de control ni a nuestros hijos, ni a nuestras parejas, ni a nosotros mismos.
Un perro es un individuo que necesita expresarse y florecer. Cuando solo intervenimos sobre la conducta, ignoramos todo lo que la sostiene. Te pongo un ejemplo muy sencillo: un día estaba de excursión con una amiga y mis perros. Nos sentamos a comer en el suelo y mis perros se quedaron tranquilos, sin pedir comida. Mi amiga me preguntó cómo se lo había enseñado. La respuesta fue honesta: no se lo había enseñado nunca.
Mis perros muestran comportamientos socialmente muy deseables porque compartimos la vida: el descanso, el trabajo, el espacio, las emociones. Funcionamos como un sistema familiar en el que ninguna parte es inferior a otra. Cuando un sistema es coherente y seguro, muchas conductas emergen de forma natural, sin necesidad de ser entrenadas.
(Óscar): Es fascinante. Al final es lo que decimos siempre: lo que es adentro es afuera. Si el sistema (la familia) está sano, la conducta fluye. Y en esa dinámica, muchas personas dicen que su perro “les cambia la vida”. Desde tu experiencia viendo tantas familias, ¿qué es lo que más suelen reflejarnos los perros de nosotros mismos, qué nos enseñan de nuestra propia sombra?
(Barbara): Los perros nos reconectan con nuestra parte más salvaje y más antigua. Nos devuelven al barro, a la lluvia, al silencio, al cuerpo en movimiento. En el entorno urbano solemos sentirnos competentes, pero en cuanto entramos en un bosque o una montaña, los perros pasan a ser nuestros maestros: su orientación, su olfato, su lectura del entorno nos recuerdan capacidades que también fueron humanas.
No es que no las tengamos; es que están dormidas. El contacto profundo con un perro puede reactivarlas si estamos dispuestos a dejarnos guiar. Además, los perros nos enseñan una forma de estar en el mundo esencial y, a la vez, profundamente rica: el valor del descanso, de la comida compartida, del reencuentro social, del juego, del afecto sin cálculo. Son cualidades ancestrales que nuestra vida acelerada suele relegar, y que los perros nos ayudan a recuperar.
(Óscar): Totalmente, nos bajan de la mente al cuerpo, a la tierra. Pero vivimos en una sociedad muy mental, muy rígida. ¿Crees que estamos demasiado obsesionados con el control del perro y poco en comprender su naturaleza? ¿Qué precio estamos pagando por eso, tanto ellos como nosotros?
(Barbara): Sin duda. Reducir la vida de un perro a la ejecución de órdenes o a una adaptación constante a las necesidades humanas tiene consecuencias graves. Los perros poseen una vida emocional compleja, y vivir sin poder expresarse ni sentirse comprendidos genera desequilibrios profundos.
La mayoría de los llamados “problemas de comportamiento” surgen precisamente de ahí: de la frustración, de la falta de agencia, de la incomprensión. Y esa tensión no afecta solo al perro. Los humanos que conviven con perros emocionalmente desbordados acaban agotadas, frustradas y desconectadas de todo lo valioso que una relación bien acompañada puede ofrecer.
(Óscar): Me encuentro con mucha gente que resuena con eso que dices, gente frustrada que siente que «ha probado de todo», han ido a mil adiestradores y nada funciona. ¿Qué le dirías a ese humano que nos está leyendo ahora mismo y siente que su relación con su perro está rota o bloqueada? ¿Hay luz al final del túnel?
(Barbara): He acompañado muchos casos en los que la familia humana llega con la convicción profunda de haber agotado todas las opciones. Han pasado por diferentes profesionales, métodos y herramientas, y sienten cansancio, frustración e incluso culpa. Sin embargo, cuando miramos con calma, casi siempre descubrimos que se ha intervenido únicamente sobre la superficie: la conducta.
Cuando ampliamos el foco y entramos en el terreno del vínculo, de la historia emocional del perro y de la calidad de la relación cotidiana, aparecen nuevas posibilidades. A veces el trabajo consiste en soltar el control, revisar expectativas irreales o reconocer que el perro que tenemos no es el perro que imaginamos. Otras veces implica cambiar contextos, ritmos de vida o formas de comunicarnos.
También trabajamos mucho con metáforas comprensibles para la parte humana, porque entender genera seguridad, y la seguridad es la base de cualquier proceso de regulación emocional. No existen soluciones rápidas ni milagros, pero mientras exista relación, existe potencial de transformación. Siempre quedan recursos cuando dejamos de reducir el problema a una lista de conductas a corregir.
(Óscar): «Soltar el control para ganar conexión», me quedo con eso. Y hablando de cambiar contextos… En La Fragua de Maffe dais muchísima importancia al entorno, a salir ahí fuera. ¿Por qué salir del formato clásico de clase de adiestramiento cambia tanto la película para el perro… y para la persona?
(Barbara): Perros y humanos somos animales profundamente sociales. Aprendemos por observación, por imitación y por co-regulación emocional. El formato grupal permite que los perros se observen entre ellos, se acompañen y se regulen mutuamente, reduciendo presión y aumentando la sensación de seguridad.
El entorno natural, además, juega un papel fundamental. La naturaleza baja los niveles de activación, amplía el repertorio conductual y ofrece estímulos ricos pero no invasivos. En ese contexto, muchos perros muestran capacidades que en entornos urbanos o artificiales quedan bloqueadas.
Para los humanos, salir del formato de clase implica dejar de “hacer” y empezar a “estar”. Se activa una escucha distinta, más corporal y menos mental. El aprendizaje se vuelve experiencial y compartido, y eso genera cambios más profundos y duraderos que una sesión centrada únicamente en ejercicios.
(Óscar): Qué importante eso de dejar de «hacer» para empezar a «estar». Barbara, vamos a jugar a la imaginación un momento. Si los perros pudieran hablar nuestro idioma y pedirnos una sola cosa para convivir mejor, ¿Cuál crees que sería esa petición hoy?
(Barbara): Creo que nos pedirían que los miremos con la misma profundidad y el mismo respeto con los que miramos a otros humanos. Que dejemos de verlos como seres subordinados o eternamente dependientes, y empecemos a reconocerlos como sujetos con intereses propios, emociones complejas y capacidad de agencia.

Las diferencias de especie son esenciales y deben ser tenidas en cuenta para garantizar su bienestar, pero valores como la dignidad, la empatía, la escucha y el respeto no deberían depender de la especie. Cuando aplicamos estos principios a la convivencia con perros, no solo mejora su calidad de vida: también mejora la nuestra, porque nos obliga a relacionarnos de una forma más consciente y ética.
(Óscar): Es que el lenguaje es clave. Tú cuidas muchísimo las palabras. ¿Qué nos dice de nosotros mismos que sigamos usando palabras como “mascota”, “dueño” u “obediencia” en lugar de relación o compañero?
(Barbara): La antropología lingüística nos recuerda que el lenguaje no solo describe la realidad, sino que la construye. Las palabras que utilizamos moldean la forma en que pensamos y, por tanto, cómo actuamos. Mientras sigamos hablando de “dueños” o “propietarios”, estaremos reforzando la idea de que los perros son objetos de posesión y no sujetos con los que convivimos.
Tampoco me resulta cómodo separar “personas y perros”, como si los perros quedaran fuera de la categoría de persona. Muchos animales, incluidos los perros, son personas no humanas: individuos con identidad, emociones y relaciones significativas. El lenguaje que utilizamos refleja hasta qué punto estamos dispuestos a reconocerlo.
Algo similar ocurre con términos como “dominancia”. La dominancia existe como concepto etológico, pero su uso popular, simplificado y descontextualizado, ha generado interpretaciones erróneas y prácticas dañinas. Utilizar palabras sin comprender su significado profundo puede tener consecuencias muy reales en la vida de los perros. Por eso cuidar el lenguaje es, para mí, una forma de cuidado en sí misma.
(Óscar): Brutal. El lenguaje crea realidad. Para terminar, Barbara, quiero que nos proyectemos. Si dentro de 10 años miramos atrás, ¿qué te gustaría haber cambiado, qué semilla te gustaría haber visto florecer en la forma en que nos relacionamos con ellos?
(Barbara): Me gustaría ver una sociedad en la que los perros sean miembros de la familia a todos los efectos, no solo a nivel emocional, sino también legal y social. Eso implicaría cambios muy concretos: menos dificultades para acceder a una vivienda cuando convives con un perro, más presencia de perros en espacios públicos y una adaptación real de las ciudades a una convivencia interespecie.
Este cambio también tendría un impacto cultural más amplio. Una sociedad que integra a los perros como sujetos con derechos es una sociedad menos especista, más empática y más consciente de su relación con el resto de animales y con la naturaleza. En algunos países esto ya ocurre en parte; no es una utopía, es una cuestión de voluntad colectiva.
(Óscar): Barbara, gracias por tu mirada, por tu tiempo y por todo lo que aportas desde La Fragua de Maffe. Nos llevamos deberes: mirar más, controlar menos y, sobre todo, «ir juntos». ¡Hasta la próxima!
Muchas gracias Barbara.

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